La fría mañana de julio se dejaba ver en la escarcha de la
calle de tierra, la principal del pueblo.
No había amanecido aún cuando Carmen salió de su casa
rumbo al hospital, como lo hacia diariamente desde aquella noche que cambió su
vida, después de su trágico 20 de diciembre. En ese día el golpe en la puerta a
las cuatro de la madrugada le llevaría la peor de todas las noticias. Habían
encontrado a su hija de quince años, muerta de una sobredosis.
Los meses siguientes la encontraron sumergida en una
terrible depresión. La tristeza, el dolor y la culpa de pensar que no había
hecho lo suficiente.
Una noche se dijo que ya era de hora de terminar con
todo. Salió a la calle, caminó hasta la ruta, se paró en el medio y simplemente
decidió esperar.
Las luces de aquel micro de larga distancia estaban cada
vez mas cerca, el corazón le latía a mil. Un sudor frío la recorría y el dolor
la lastimaba aún más. Abrió los ojos….. no solo quería sentir sino que quería
ver el momento en el que todo termine..
El micro se acercaba más y más. La necesidad de que le
pase por encima galopaba en cada latido. Estaba cerca….. Abrió mas lo ojos. En
minutos todo terminaría.
Pero sucedió lo inesperado. Por delante de ella cruzaba
la ruta sin mirar, sin saber donde estaba, zombi….Lucia. Su nombre lo sabría
tres días después…
Lo cierto es que Lucia cayó desmayada en medio del
asfalto, a metros de aquel micro que debía llevarse la vida de Carmen.
Milagrosamente el chofer había decidido hacer una parada
técnica en el pueblo, doblando en la salida anterior al lugar donde se
encontraban ellas.
Ya las primeras luces del día asomaban cuando Carmen
entraba al hospital con Lucia en sus brazos. No tendría más de 17 años. Estaba
inconsciente, con golpes en su cuerpo. Visibles moretones en sus piernas.
Marcas en los brazos. Las manos deformadas, casi sin uñas. Con un par de
dientes menos. La nariz sangrante. El pelo largo que le llegaba a la cintura,
suelto y sucio.
Mas tarde los análisis confirmarían la adicción.
Estuvo tres días sin conciencia. Solo abriendo los ojos
como de entre sueños….y volvía a dormirse. Carmen no se movió de su lado.
Mojaba sus labios con agua de a ratos y con un gran cariño maternal, comenzó de
a poco a desenredar su cabello.
La primera cara que Lucia vio, y la primera voz que
escuchó fue la de Carmen. No entendía muy bien nada de lo sucedido. Los médicos
trataron de explicarle como fue que llegó hasta ahí. Pero nada pudieron saber
de cómo era que se encontraba en ese estado. Los análisis fueron los únicos que
delataron un alto valor de sustancias en su sangre. Pero Lucia no hablaba y su
comunicación eran solo pocas palabras, respuestas monosilábicas, pedidos de
agua e higiene, y solo dirigidas a
Carmen, quien la bañaba y la perfumaba a diario.
Había decidido que tenía que terminar de desenredar el
cabello, así que rescató de su casa todos los cepillos que tenia. Igual pensó
que nada seria suficiente, por lo que en la perfumería del pueblo, había
adquirido uno de cada formato.
Sin palabras se involucró de lleno al trabajo de dejar
ese cabello lacio, peinado y brilloso. Y sintió que era el único contacto que
Lucia dejaba que tengan con ella. Un gesto. Por lo cual Carmen lo trenzaba
cuidadosa y amorosamente. Acariciando y sanando… Las dos.
Después de una semana del “ritual” del trenzado, Lucia se
miró al espejo y le dijo “gracias” a Carmen.
Fue el primer contacto a los ojos que tenían desde que había despertado.
La primer mirada con intención.
Nadie había reclamado a Lucia. Ni la policía tenía datos
respecto de ella. Por eso suponían que había venido de otro pueblo. Quizá a
muchos kilómetros de distancia.
Desde el Hospital se cursaron todas las denuncias
necesarias, pero los médicos insistieron en la necesidad de que permaneciera en
esa institución.
Carmen empezó a sumar voluntades, para trabajar juntos en
el terreno de la recuperación de adictos. Médicos, un viejo terapeuta del
pueblo ya retirado y varias almas caritativas, empezaron a formar dentro del
hospital un centro de ayuda.
La paciente más importante era Lucia por supuesto. Y la
única… por el momento.
Luego de aquel gracias de aquella mañana, Carmen, fue un
poco más allá. Terminó de trenzar el cabello, y le sirvió el desayuno, untando
cada tostada con el dulce casero que ella misma le había preparado. Fue un
momento de miradas, de sabores, pero sin palabras.
Otro día después del trenzado, fue la hora de la lectura,
y Carmen le leyó varios cuentos para adolescentes que encontró en la
improvisada biblioteca del hospital.
Otra vez llevó una guitarra e intentó enseñarle algunas
notas. O hacerse las uñas, o elegir música en la computadora.
Pero nada igualaba el momento del cabello. Así que
decidió peinar, trenzar, despeinar y volver a empezar dos o tres veces al día.
Lucía dejaba que Carmen haga y deshaga en esos momentos, se permitía sentir la
caricia y prestaba generosa su cabello.
Carmen recordaba a su hija, en los días de escuela
primaria cuando salía temprano por la mañana con las dos trenzas hechas por
mamá… tan chiquita, tan feliz….
Pero la comunicación verbal era prácticamente escasa y
los médicos necesitaban saber de donde venia y porque había llegado a esa
situación. Mientras que la policía debía seguir su investigación y en caso de
ser necesario llevarla a un internado, dado que era menor de edad.
Y así, aquella mañana de julio fue para Carmen el
amanecer de una terrible noche de fantasmas de otros tiempos. Sentía dentro de
ella un miedo inexplicable. Podía degustar el triste sabor de la pérdida, que
si bien había transformado el dolor, estaba siempre presente.
Estaba despierta después de una noche de pesadillas, de
recuerdos de aquella intensa luz del micro que debía pasarla por arriba para
terminar con todo.
La imagen de Lucia en la ruta, su desmayo…. La falta de
comunicación… La necesidad de hacer mas que no podía manejar. Porque no podía
hacer mas nada que aquello que Lucia le permitía.
Entonces se fue mas temprano que nunca al hospital para
abrazarla, para pedirle que se cure, que le diga que necesitaba para mejorar… Habían
vuelto los fantasmas de la muerte y no podía permitir ni permitirse que le
ganen…
Llegó al hospital y corrió por los pasillos con una
urgencia que no comprendía, con el corazón estallando. Y entró a la habitación.
La cama estaba vacía. Las sábanas corridas como cuando
alguien recién se levanta. Entonces fue directo al baño, pero no había nadie
ahí. Salió al pasillo y gritó el nombre de Lucia. Pero nadie contestó.
Volvió a entrar a la habitación, la luz del sol que
asomaba iluminó la mesita de noche. Y ahí vio….Una tijera, la trenza mal
cortada y una nota que decía “perdón”.

¡¡Excelente!! Triste pero muy real. Felicitaciones
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