jueves, 24 de noviembre de 2016

Noviembre

Caìa el sol de un frío lunes de noviembre.
Clima raro el de ese año en Buenos Aires, cuando en otras épocas este mes ya nos acostumbraba a la remera floreada, las sandalias, musculosas y polleras .Obvio con las camperas bien guardadas hasta el próximo otoño.
Pero no, Ese día había sido para leer al calor del sol que se colaba por la ventana.....cerrada.
Una típica postal otoñal en el casi verano porteño.

Como olvidarla, verla ahí, sentada en la mecedora junto al ventanal del internado. Desde ahí podía contemplar el inmenso parque perfectamente cuidado. El césped cortado con presiciòn quirúrgica. Flores multicolores en canteros milimetricamente preparados.
Junto a la puerta un enorme jazmín que cubría de aroma el salón entero.
Al final del parque se encontraba la entrada principal. Por ahi desde temprano en la mañana llegaban proveedores, profesionales, empleados y algunas visitas que eran fijas de todos los días.
El llegaba todos los lunes con su elegante traje gris topo, la camisa blanca nieve, su corbata bordò y el pañuelo al tono asomando del bolsillo superior izquierdo.
Nunca supimos porque no iba el día de visita de la familia y solo se había presentado, hacia meses ya, como un amigo que vivía en el exterior.
Ella lo esperaba siempre sentada ahí, en la mecedora, al lado del ventanal y oliendo a jazmines. Envuelta en su vestido blanco de seda y encaje. que se veìa de otra época, un pañuelo blanco en la mano y tres flores pequeñas recogiendo en un rodete su pelo blanco.
Desayunaban juntos unos merenguitos que el traìa, con el mate cocido con leche, especialidad de la casa. En verdad era leche con un saquito de la infusión apenas aromatizado con canela y miel.
Después caminaban por el jardín. El cortaba siempre dos jazmines que ella ponía con prolijidad en un pequeño florero que tenia en su mesita de noche. Todos los domingos al atardecer vaciaba el frasco lo lavaba y ponía gua limpia con una aspirina. Nos decía que asì las flores que pondría el lunes durarían hasta que lleguen las otras.
Siempre les servíamos el almuerzo en un jardín de invierno donde ademas había diez jaulas con jilgueros que afinaban las mas dulces melodías.
Ambos dormían la siesta para despertar a la hora del tè donde los esperaban unos ricos scones de vainilla y se quedaban junto al ventanal para ver caer la tarde.
El le abrigaba la espalda con una mañanita tejida al crochet, con delicadeza, suavidad y amor.
Se quedaban asì largo rato, mirando como el sol se guardaba para dar lugar a la mas profunda oscuridad. Asì tomados de ambas manos, hasta que ella se dormía. El besaba su mejilla con extrema ternura y salia por donde habia entrado en la mañana. dejandola inmersa en sus sueños con una gran paz.
Todos nosotros fuimos siempre espectadores silenciosos de lo que ocurría. Era un mundo tan de ellos que jamas nos atrevimos a preguntar, ni a intervenir. Pero siempre coincidíamos en decir que eso era lo mas parecido al amor perfecto.....
Nos habíamos acostumbrado de manera tal a ese ritual de primer día hábil de la semana, que también mirábamos cada uno desde su ventana, esperando su llegada, el paseo, el almuerzo, la siesta y cada detalle.
Asi fue, como ese lunes, mientras ella esperaba, nosotros también lo hacíamos. Cuando nos dimos cuenta ya era el mediodía y el no había llegado
Ella no despegaba la vista de la entrada. Nadie se animò a acercarse, ni a hablarle, ni a preguntarle.

Caìa la tarde de aquel frìo lunes de noviembre, cuando le puse en la espalda la mañanita blanca tejida al crochet.
No me mirò ni se movió. Yo no quería tocarla para no sacarla de ese éxtasis en el que caìa cuando esperaba...... Entonces, cerró los ojos, sonrío y nunca mas despertó.