domingo, 21 de septiembre de 2014

LAZOS

 ( foto Sol Damore )

La fría mañana de julio se dejaba ver en la escarcha de la calle de tierra, la principal del pueblo.
No había amanecido aún cuando Carmen salió de su casa rumbo al hospital, como lo hacia diariamente desde aquella noche que cambió su vida, después de su trágico 20 de diciembre. En ese día el golpe en la puerta a las cuatro de la madrugada le llevaría la peor de todas las noticias. Habían encontrado a su hija de quince años, muerta de una sobredosis.

Los meses siguientes la encontraron sumergida en una terrible depresión. La tristeza, el dolor y la culpa de pensar que no había hecho lo suficiente.
Una noche se dijo que ya era de hora de terminar con todo. Salió a la calle, caminó hasta la ruta, se paró en el medio y simplemente decidió esperar.
Las luces de aquel micro de larga distancia estaban cada vez mas cerca, el corazón le latía a mil. Un sudor frío la recorría y el dolor la lastimaba aún más. Abrió los ojos….. no solo quería sentir sino que quería ver el momento en el que todo termine..

El micro se acercaba más y más. La necesidad de que le pase por encima galopaba en cada latido. Estaba cerca….. Abrió mas lo ojos. En minutos todo terminaría.

Pero sucedió lo inesperado. Por delante de ella cruzaba la ruta sin mirar, sin saber donde estaba, zombi….Lucia. Su nombre lo sabría tres días después…
Lo cierto es que Lucia cayó desmayada en medio del asfalto, a metros de aquel micro que debía llevarse la vida de Carmen.
Milagrosamente el chofer había decidido hacer una parada técnica en el pueblo, doblando en la salida anterior al lugar donde se encontraban ellas.

Ya las primeras luces del día asomaban cuando Carmen entraba al hospital con Lucia en sus brazos. No tendría más de 17 años. Estaba inconsciente, con golpes en su cuerpo. Visibles moretones en sus piernas. Marcas en los brazos. Las manos deformadas, casi sin uñas. Con un par de dientes menos. La nariz sangrante. El pelo largo que le llegaba a la cintura, suelto y sucio.
Mas tarde los análisis confirmarían la adicción.

Estuvo tres días sin conciencia. Solo abriendo los ojos como de entre sueños….y volvía a dormirse. Carmen no se movió de su lado. Mojaba sus labios con agua de a ratos y con un gran cariño maternal, comenzó de a poco a desenredar su cabello.

La primera cara que Lucia vio, y la primera voz que escuchó fue la de Carmen. No entendía muy bien nada de lo sucedido. Los médicos trataron de explicarle como fue que llegó hasta ahí. Pero nada pudieron saber de cómo era que se encontraba en ese estado. Los análisis fueron los únicos que delataron un alto valor de sustancias en su sangre. Pero Lucia no hablaba y su comunicación eran solo pocas palabras, respuestas monosilábicas, pedidos de agua e higiene,  y solo dirigidas a Carmen, quien la bañaba y la perfumaba a diario.

Había decidido que tenía que terminar de desenredar el cabello, así que rescató de su casa todos los cepillos que tenia. Igual pensó que nada seria suficiente, por lo que en la perfumería del pueblo, había adquirido uno de cada formato.
Sin palabras se involucró de lleno al trabajo de dejar ese cabello lacio, peinado y brilloso. Y sintió que era el único contacto que Lucia dejaba que tengan con ella. Un gesto. Por lo cual Carmen lo trenzaba cuidadosa y amorosamente. Acariciando y sanando… Las dos.
Después de una semana del “ritual” del trenzado, Lucia se miró al espejo y le dijo “gracias” a Carmen.  Fue el primer contacto a los ojos que tenían desde que había despertado. La primer mirada con intención.

Nadie había reclamado a Lucia. Ni la policía tenía datos respecto de ella. Por eso suponían que había venido de otro pueblo. Quizá a muchos kilómetros de distancia.
Desde el Hospital se cursaron todas las denuncias necesarias, pero los médicos insistieron en la necesidad de que permaneciera en esa institución.

Carmen empezó a sumar voluntades, para trabajar juntos en el terreno de la recuperación de adictos. Médicos, un viejo terapeuta del pueblo ya retirado y varias almas caritativas, empezaron a formar dentro del hospital un centro de ayuda.

La paciente más importante era Lucia por supuesto. Y la única… por el momento.

Luego de aquel gracias de aquella mañana, Carmen, fue un poco más allá. Terminó de trenzar el cabello, y le sirvió el desayuno, untando cada tostada con el dulce casero que ella misma le había preparado. Fue un momento de miradas, de sabores, pero sin palabras.
Otro día después del trenzado, fue la hora de la lectura, y Carmen le leyó varios cuentos para adolescentes que encontró en la improvisada biblioteca del hospital.
Otra vez llevó una guitarra e intentó enseñarle algunas notas. O hacerse las uñas, o elegir música en la computadora.
Pero nada igualaba el momento del cabello. Así que decidió peinar, trenzar, despeinar y volver a empezar dos o tres veces al día. Lucía dejaba que Carmen haga y deshaga en esos momentos, se permitía sentir la caricia y prestaba generosa su cabello.

Carmen recordaba a su hija, en los días de escuela primaria cuando salía temprano por la mañana con las dos trenzas hechas por mamá… tan chiquita, tan feliz….

Pero la comunicación verbal era prácticamente escasa y los médicos necesitaban saber de donde venia y porque había llegado a esa situación. Mientras que la policía debía seguir su investigación y en caso de ser necesario llevarla a un internado, dado que era menor de edad.

Y así, aquella mañana de julio fue para Carmen el amanecer de una terrible noche de fantasmas de otros tiempos. Sentía dentro de ella un miedo inexplicable. Podía degustar el triste sabor de la pérdida, que si bien había transformado el dolor, estaba siempre presente.
Estaba despierta después de una noche de pesadillas, de recuerdos de aquella intensa luz del micro que debía pasarla por arriba para terminar con todo.
La imagen de Lucia en la ruta, su desmayo…. La falta de comunicación… La necesidad de hacer mas que no podía manejar. Porque no podía hacer mas nada que aquello que Lucia le permitía.

Entonces se fue mas temprano que nunca al hospital para abrazarla, para pedirle que se cure, que le diga que necesitaba para mejorar… Habían vuelto los fantasmas de la muerte y no podía permitir ni permitirse que le ganen…

Llegó al hospital y corrió por los pasillos con una urgencia que no comprendía, con el corazón estallando.  Y entró a la habitación.

La cama estaba vacía. Las sábanas corridas como cuando alguien recién se levanta. Entonces fue directo al baño, pero no había nadie ahí. Salió al pasillo y gritó el nombre de Lucia. Pero nadie contestó.


Volvió a entrar a la habitación, la luz del sol que asomaba iluminó la mesita de noche. Y ahí vio….Una tijera, la trenza mal cortada y una nota que decía “perdón”.

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