Que mal día, me repetía sin descanso desde la frustrada
entrevista de ventas de esa tarde, la última de la jornada-
Hacia ya dos años que la venia remando para lograr un
ascenso en la empresa donde trabajaba. No era raro pensar que el cargo que
dejaría vacante el supervisor por su propio ascenso y traslado a la filial de México,
seria mío. Había hecho suficiente méritos. Los dos últimos semestres había
ganado los premios que se otorgan por mejor vendedora y había participado de un
viaje del estilo convención de los mejores, en Cuba.
La entrevista en cuestión, se había suspendido en el mismo
momento en el que yo estaba estacionando mi auto, en la puerta de la empresa
corralón en donde me habían citado.
Que poca consideración pensé. Deberían haberme avisado
antes. Y yo vestida para la ocasión con mis zapatos de tacones altos, la pollera
tubo negra que tanto me gustaba y esa espumosa camisa blanca . Obviamente podía
comprarme toda esa ropa de marca y de la mejor calidad. Y así estaba, ahí…
parada con mi celular en la mano.
Volví a subir al auto para regresar a la empresa, prendí el
GPS y para mi desgracia había decidido dejar de funcionar. No marcaba ni donde
estaba… Entonces pensé que era buen momento para utilizar mi intuición para
volver. Yo, que tengo tan poco sentido de la orientación.
Estaba lejos de mi pintoresco barrio de Belgrano y mas aún
de Recoleta, donde funcionaba mi empresa. Si… mi empresa. La camiseta puesta
siempre.
Salí decidida a dejar atrás la mala tarde y el barrio de
Pompeya, tal el lugar donde había sido mi frustrada cita. Tome por una avenida,
que nunca pude saber como se llamaba. Un semáforo me paró y quedé en la fila de
autos que doblaban a la izquierda. No me quedó otra, y doblé.
No se porque extraño capricho de las calles, de la
señalización o tal vez, porque no, del destino, seguí. Juro que estaba segura
de que ese camino era el correcto. Aceleré con seguridad y manejé como si
supiera donde estaba y hacia donde iba.
El barrio de galpones, colectivos, y gente corriendo, se iba
esfumando para convertirse en una especie de paisaje calmo. Con casa bajas, con
muchos menos autos. Menos semáforos. Empezaba a caer el sol y la iluminación no
era buena. El barrio en el que me estaba metiendo era de esos que aun se
conservan en la gran ciudad. Algo de pasto en la capital, cosa poco común de
ver en mi barrio …. Si lo único que puedo ver es el césped sintético de algún
fingido jardín de cafetería pituca.
Hacia frio, y la gente corría para volver a casa. Un señor
con mochila al hombro bajaba del colectivo 50, seguro volviendo de su trabajo, pensé, después
de un largo día. Imagine que su esposa le habría preparado la vianda para
almorzar con sus compañeros al mediodía.
Por la otra vereda una nena que volvía de la escuela con
quien parecía ser su abuela. Seguro la esperaba una rica leche calentita con
pan con manteca y azúcar. Y después, la tarea.
Un viejo taller mecánico apuraba a bajar la cortina. Fin del
día.
Y una irrespetuosa señora le elegía la fruta al verdulero
que tan delicadamente la tenia acomodada en la calle. La imaginaba
cotorreándole a cuanto los tomates? Esa pera esta marroncita….. no no no… papa
blanca no, se desarma al hervirla. Como no hay albahaca??
Me encontré riéndome con ese pensamiento. Había detenido
completamente el auto sin darme cuenta. Bajé la ventanilla y …. El aire olía
distinto al que entraba por la ventana de mi departamento. Sabia a frutas, a
flores, a viento suave….. Bajé la ventanilla y cerré los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo me dejaba sentir, así, sin
mas.
Cuando abrí los ojos, habrían pasado unos veinte minutos y
vi lo que no había visto…. Estaba en la esquina de mi casa de la infancia… En
mi viejo barrio del bajo flores.
Me bajé del auto. La voz que salía de la Iglesia era la
misma que escuchaba, cada vez que era yo la nena a la que mi abuela buscaba en
la escuela y tenia siempre lista mi super merienda de café con leche y pan con
manteca. Como siempre a esa hora, el rezo del rosario, guidado por esa señora,
dueña de la llave del templo, creyendo, supongo, que así conseguiría para si
misma, la entrada al cielo. Inconfundible, pero no podía recordar su nombre.
Cuando me di vuelta, me perdí nuevamente en la verdulería….
Ese negocio no siempre había estado ahí…. En esa esquina había una casa muy
vieja. Vivia una señora que ya era grande, perdida un poco en sus recuerdos
desde que su familia se accidentó en la ruta.
Como no recordar esa esquina…. A los trece, recibí mi primer
beso de boca de mi compañero de escuela y si… porque no, mi primer novio. Que
habrá sido de su vida.?
A los 18 años me fui del barrio. Consideré que no estaba a
la altura de lo que yo quería ser. De donde apuntaba.
Trabajaba desde los 16 además de estudiar y pude juntar el
dinero suficiente como para alquilar mi primer departamento en Belgrano. Obvio
un barrio mas cercano a mis intereses personalísimos.
Al tiempo mis padres se separaron y esa casa se vendió. Mamá
se fue a vivir a Córdoba, donde estaba mi hermana mayor, quien en esa época iba
por su tercer embarazo. Generalmente las veo para fin de año, cuando, a
regañadientes, paso la fiesta con la familia.
De papá, no supimos mas nada. Mamá guardaba celosamente la causa
de la separación, cosa que no era difícil de suponer. Un engaño, otra mujer y
tal vez otra familia.
Y no había vuelto a poner los pies en el barrio…. Por
primera vez sentí culpa. Si..culpa. Por haber abandonado mis recuerdos, mi
infancia feliz, mis vueltas en bici por la vereda, las siestas calurosas a la
sombra de los árboles.
Escribir la persiana del taller…. Si, claro… era el mismo
taller que acababa de cerrar! El sabor a miel de ese beso de esquina a la
vuelta del cole, con un corazón inocente e infatigable. Puro y sin marcas.
Sin querer las lágrimas caían por mi mejilla. Las
sensaciones volvían como la primera vez. El corazón me golpeó tan fuerte que
casi me deja sin aire.
Pero la melancolía no estaba en mis planes, y endureciendo
mi alma, volví al auto.
Y cuando iba a arrancar para irme, la vi…. Ahí estaba,
blanca como siempre, mi casa. Una inexplicable fuerza no me dejó entrar al
auto. Y sin saber como, me encontré frente a la ventana que daba a la calle….
Mirando, fijo al cartel que decía “ SE ALQUILA”.

¡Sentido relato! Me transportó a mi niñez.
ResponderEliminarExcelente la foto