SOLEDADES
Desde que se despertó ese domingo, sintió el dolor del
desarraigo.
El recuerdo de los desayunos familiares domingueros, el
diario por debajo de la puerta, las tostadas con miel y el ladrido de su perra
implorando el paseo matinal por la plaza del barrio.
El olor al tuco para la pasta, la preparación de la
picada, el incesante tocar del timbre y la mesa grande, llena de platos, vasos,
voces….
Las tardes de mates y tortas fritas, el truco o la canasta
y de fondo la radio con el clásico del domingo. Los que gritaban los goles y
esa costumbre tan argentina de ser todos directores técnicos.
Los chicos entrando y
saliendo. Inventando juegos, peleando para volver a amigarse. Las nenas
por un lado con sus muñecas y los vestidos rosas y los nenes pretendiendo ser
el goleador del equipo.
Las despedidas hasta el otro domingo y caer rendida en la
cama para comenzar una nueva semana.
Hacía ya muchos años que había decidido irse, pero en
días como los domingos, el recuerdo se apoderaba de ella y la nostalgia ganaba
su corazón, su alma.
Y deambulaba por la casa solitaria, en silencio.
Habia decidió quedarse envuelta en su pijama de seda azul
y con sus pantuflas de piel puestas, todo el día. Cambiando entre un poco de
tele, diario, libros y computadora. En definitiva, la tecnología hoy por hoy la
ayudaba a re encontrarse con sus seres queridos.
Con seguridad, ese no era un domingo feliz y quiso
transitarlo así…Despues de todo, llegaría el lunes y la rutina del trabajo, la
ida, la vuelta, ocuparían su tiempo, su cuerpo, su pensamiento y el recuerdo
del domingo quedaría atrás, tapado de múltiples ocupaciones, de ruidos que no
dejan escuchar lo que a gritos dice el interior…
Cansada y sin saber de que, decidió que la diez de la
noche era una buena hora para dejar el día y se fue a dormir, no sin antes
cerrar puertas y ventanas ya que el cielo amenazaba lluvia y los arboles de la
calle se movían al compás del viento que llegaba desde el sur.
No le costó conciliar el sueño, en realidad nunca le
costaba.
Con la compañía de la música de la radio acomodó las
almohadas haciéndolas mullidas. Apoyó la cabeza y se entregó al sueño como
quien se sumerge a los brazos del olvido.
Habrían pasado unas tres horas cuando el viento golpeaba
las ventanas con furia y fuerza. Los truenos sacudían la casa y los rayos
iluminaban el interior de la habitación.
Sobresaltada abrió sus ojos, grandes,
redondos….asustados.
Con la luz del primer rayo, creyó ver una sombra pero
sacudió sus pensamientos. Que sombra podría haber visto?
Una extraña sensación le invadió el cuerpo. Un escalofrío
la recorrió íntegra y la seguridad de que alguien la miraba se apoderó de ella
convenciéndola de que no estaba sola. No quiso moverse, ni parpadear, casi ni
respirar. Estaba segura de que cualquier cosa que hiciera le confirmaría que
desde algún lugar de la habitación la observaban.
Y llegó el otro trueno y un gran rayo encendió la
oscuridad y vio que sentada frente en un costado de su cama se levaba una
silueta blanca….
El instante del rayo fue eterno….Duró el tiempo que le
llevó incorporarse sin abandonar el colchón y mirar con asombro que quien la
veía era ella misma. Su imagen niña, su cuerpo pequeño y delgado. Sus ojos
inocentes.
Ella niña estaba
sentada al borde de su cama y la miraba. Con paz en los ojos, blanca,
etérea……Feliz. No hablaba pero ella sabia lo que quería decir.
Extendió su mano para ayudarla a pararse. No sintió miedo
de si misma. Se dejó llevar, primero se puso en pié y después caminó guiada por
la niñez hasta la ventana.
La paz de lo que veía era tan inmensa que se perdió en
esa sensación….
Ahí estaba, en el jardín de la casa. Con el sol tostando
sus mejillas, la brisa volando sus polleras. La pelota de los primos golpeando
el portón del garaje y mamá llamando a comer.
Se miraron a los ojos. Ella y la presencia niña…No había
palabras pero se entendieron perfectamente. Siempre supo que el lenguaje no
solo es el que sale de la boca. Se habla con los ojos, con la sonrisa, con los
gestos…..
No pudo calcular el tiempo que transcurrió en ese estado
cuando un sonido musical salió de su radioreloj instalado en su mesita de luz…
Se despertó confundida entre sueños y realidades.
Se levantó con apuro de la cama y miró por la ventana.
Una niña la saludaba desde abajo con su manito extendida y los ojitos llenos de
vida.
Se miró al espejo como si fuera la primera vez que se
veía. Encontrando algo perdido y olvidado. Descubriéndose como si recién se
conociera.
Entonces entendió. Esa era la hora de regresar.

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